7:09
Todo el mundo cree que fue por culpa de la nieve. Y en cierto sentido supongo que es verdad.
Esta mañana, cuando despierto, una fina capa blanca cubre el césped delantero de nuestra casa.
No pasa de un par de centímetros, pero en esta parte de Oregón basta eso para que todo quede
paralizado, porque el único quitanieves del condado está ocupado en despejar las carreteras. Lo que
cae del cielo es agua mojada, gotas, gotas y más gotas, pero de nieve, nada.
Sin embargo, es suficiente para cerrar las escuelas. Mi hermano pequeño, Teddy, suelta un alarido
de guerra cuando la noticia se anuncia en la radio de onda media de mamá. —¡Día de nieve! —brama—. Venga, papá, vamos a hacer un muñeco. Mi padre sonríe y da unos golpecitos a su pipa. Empezó a fumar en pipa hace poco, desde que le
dio por el rollo años cincuenta al estilo de la telecomedia Father Knows Best. También lleva pajarita.
No acabo de tener claro si se trata de una cuestión de vestimenta o de ironía, una manera de expresar
que en otros tiempos fue punki pero ahora es profesor de Inglés de primaria, o si el hecho de
convertirse en maestro lo ha metido en esta especie de experiencia atávica. En cualquier caso, me
gusta el olor del tabaco de pipa. Es dulce y ahumado, y me trae recuerdos del invierno y las estufas
de leña. —Muy valiente de tu parte —le dice a Teddy—. Pero la nieve apenas está cuajando en la
carretera. ¿Por qué no pruebas con una ameba, en lugar del muñeco?
Se nota que papá está contento. Ese par de centímetros de nieve ha acarreado que todos los
centros de enseñanza del condado se cierren, incluidos mi instituto y el colegio donde él enseña, así
que también es un inesperado día de fiesta para papá. Mi madre, que trabaja en una agencia de viajes
de la ciudad, apaga la radio y se sirve una segunda taza de café. —Bueno, si todos hacéis novillos, no esperéis que yo vaya a trabajar. No sería justo. —Coge el
teléfono y llama a la agencia. Cuando cuelga, nos lanza una mirada—. ¿Preparo el desayuno?
Papá y yo soltamos una carcajada al unísono. Mamá sólo sabe preparar cereales y tostadas. Es
papá quien cocina en esta familia.
Fingiendo no oírnos, ella saca una caja de Bisquick del armario. —Venga ya, no creo que sea tan difícil. ¿Quién quiere crepes? —¡Yo! ¡Yo! —grita Teddy—. ¿Podemos echarles trocitos de chocolate? —No veo por qué no. —¡Yujuuu! —aúlla mi hermano agitando los brazos. —¿De dónde sacas tanta energía a estas horas de la mañana? —bromeo, y me vuelvo hacia mi
madre—. No deberías dejarle tomar tanto café. —No, si ahora lo he pasado al descafeinado —me sigue ella—. Lo suyo es de nacimiento. —Vale, mientras no me pases a mí al descafeinado —le advierto. —Eso podría tipificarse como maltrato juvenil —tercia papá. Mamá me acerca un tazón humeante y el periódico. —Sale una estupenda foto de tu novio —me dice. —¿En serio? ¿Una foto? —Ajá. Y por cierto es todo lo que hemos visto de él desde el verano —añade, lanzándome una
mirada de soslayo con una ceja arqueada, su versión de una mirada penetrante.—Lo sé —digo, y se me escapa un inoportuno suspiro. La banda de Adam, los Shooting Star, se
encuentra en una espiral ascendente, lo que es magnífico… casi siempre. —Ah, esta juventud de hoy ya no sabe apreciar la fama —refunfuña papá, sonriendo. Sé que se
alegra por Adam, que incluso se enorgullece de él.
Hojeo el periódico hasta llegar a la agenda cultural. Hay una pequeña nota sobre los Shooting
Star, con una foto diminuta de sus cuatro miembros, junto a un extenso artículo sobre los Bikini y
una imagen grande de su cantante, la diva del punk-rock Brooke Vega. En la nota sólo se dice que la
banda local Shooting Star será la telonera de los Bikini en Portland, una de las ciudades incluidas en
su gira nacional. No menciona lo que para mí es una noticia aún más importante: que anoche los
Shooting Star actuaron como grupo principal en un club de Seattle y que, según el mensaje que me
envió Adam a medianoche, se agotaron las entradas. —¿Irás al concierto de esta noche? —pregunta papá. —Pensaba ir. Depende de si cierran las carreteras por culpa de la nieve. —Sí, menuda nevada se avecina —ironiza él, señalando un solitario copo que desciende
lentamente. —Además, he de ensayar con un pianista universitario que la profesora se ha sacado de la manga. —La señora Christie, que enseñaba música en la universidad antes de jubilarse, y con la que he
estudiado durante los últimos años, siempre anda a la caza de víctimas que me acompañen. «Para que
mantengas el nivel y les demuestres a esos creídos de Juilliard cómo se toca», arguye.
Aún no he me han admitido en Juilliard, pero la prueba me fue muy bien. La suite de Bach y la
música de Shostakóvich fluyeron de mi instrumento mejor que nunca, como si mis dedos fueran una
prolongación del arco y las cuerdas. Cuando acabé de tocar, jadeante y con las piernas temblorosas,
uno de los examinadores aplaudió un poco, lo que imagino que no ocurre con frecuencia. Al salir, me
dijo que hacía mucho tiempo que no se veía a una «joven campesina de Oregón» en Juilliard. La
profesora Christie se lo tomó como un indicio de que iba a ser aceptada. Umm, no sé. Tampoco
estoy segura al cien por cien de querer que me acepten. Igual que ha ocurrido con la meteórica
ascensión de los Shooting Star, mi ingreso en Juilliard daría pie a ciertas complicaciones, o sea,
agravaría las ya surgidas durante los últimos meses. —Necesito otro café. ¿Alguien se apunta? —pregunta mamá, acercándose con la vieja cafetera
eléctrica.
Olisqueo el aroma intenso y untuoso de la variedad francesa de café torrefacto que preferimos en
casa. Con sólo olerlo ya te espabila. —Quizá me vuelva a la cama —anuncio—. Tengo el chelo en el instituto, así que ni siquiera
puedo ensayar. —¿Todo un día sin ensayar? Oh, pobre corazón en pena, no sufras —me pincha mamá. Aunque
se ha aficionado a la música clásica a lo largo de los años («Es como aprender a apreciar el queso
maloliente», afirma), como público obligado no siempre se ha mostrado complacida con mis ensayos
maratonianos.
Del sótano llega un ruido estrepitoso. Teddy está aporreando la batería heredada de papá, de los
tiempos en que tocaba en una banda importante de la ciudad, o sea, casi desconocida en el resto del
mundo, y trabajaba en una tienda de discos.
Él sonríe al oír el estruendo de redobles y platillos, y eso me evoca un viejo remordimiento. Séque es una tontería, pero siempre me he preguntado si lo decepcionó que no me dedicara al rock. Era
lo que tenía pensado, sí, pero en la clase de música de tercero me sentí atraída por el violonchelo, un
instrumento que me pareció casi humano. Intuí que podría contarme toda clase de secretos, y así fue
como empecé. De eso hace casi diez años y aún sigo con él. —¿Alguien quería volver a acostarse? —grita mamá para hacerse oír. —Qué te parece, la nieve ya se está derritiendo —comenta papá, dando chupadas a la pipa. Me asomo a la puerta de atrás para echar un vistazo. El sol ha conseguido abrirse paso entre las
nubes y se oye el siseo del hielo al derretirse. Cierro la puerta y vuelvo a la mesa. —Los del condado han exagerado las cosas —comento. —Naturalmente —dice mamá—. Pero ahora no pueden dar marcha atrás, después de anunciar el
cierre de las escuelas. Y yo ya he llamado para pedir el día libre. —Pues sí —dice papá—. Razón de más para aprovechar este inesperado paréntesis. ¿Qué tal
coger el coche y pasarnos a ver a Henry y Willow?
Son unos viejos amigos de mis padres, de la época en que él se dedicaba a la música. Desde el
nacimiento de su hija han optado por comportarse como adultos. Viven en una vieja y espaciosa
granja. Henry se dedica a algo de webs de Internet en un establo convertido en despacho, y Willow
trabaja en un hospital cercano. Su bebé es la principal razón de que mis padres quieran visitarlos.
Ahora que Teddy acaba de cumplir los ocho años y yo tengo diecisiete, ya no despedimos ese olor a
leche agria que tanto emboba a los adultos. —Y al volver podemos pasar por BookBarn, ¿vale? —propone mamá para engatusarme.
Se trata de una vieja, enorme y polvorienta librería de segunda mano. En la trastienda guardan un
alijo de discos de música clásica, a veinticinco centavos, que nadie parece querer aparte de mí. Tengo
una pila escondida debajo de mi cama. Una no va por ahí alardeando de poseer una colección de
música clásica.
Se los enseñé a Adam, pero cuando ya hacía cinco meses que salíamos. Esperaba que se echara a
reír, pues es un tío tope en la onda, con sus tejanos de dobladillo vuelto y sus Converse negras, sus
desgastadas camisetas punk-rock y sus tatuajes sutiles. No es de la clase de chicos que salen con
alguien como yo. Y por eso, cuando hace dos años en el ala de música del instituto advertí que me
miraba, creí que pretendía burlarse de mí y me empeñé en evitarlo. El caso es que no se rió cuando le
enseñé mi colección. Resultó que él también tenía una colección de discos polvorientos bajo su cama,
de punk-rock, claro. —También podríamos parar en casa de los abuelos para una cena temprana —sugiere papá,
alargando ya la mano para coger el teléfono—. Estaremos de vuelta con tiempo más que suficiente
para que vayas a Portland —añade mientras marca el número. —De acuerdo —acepto. No es por el cebo de BookBarn, ni porque Adam esté de gira, o porque
mi mejor amiga, Kim, esté ocupada con el anuario. Ni siquiera es porque tenga el chelo en el instituto,
o porque no quiera quedarme en casa viendo la tele o durmiendo. Es que, sencillamente, me gusta salir
con mi familia. Ésa es otra cosa de las que no se alardea, pero Adam también es así. —¡Teddy! —llama papá—. ¡Venga, vístete! ¡Nos vamos de aventura! Mi hermano culmina su solo de batería con un estrépito de platillos y sube corriendo a su
habitación. Momentos después irrumpe en la cocina ya vestido, como si se hubiera puesto la ropa
mientras bajaba como un rayo por la empinada escalera de madera de nuestra casa victoriana, plagadade corrientes de aire. —School’s out for summer… —canturrea. —¿Alice Cooper? —refunfuña papá—. Pero bueno, ¿todo vale en esta casa? Al menos canta algo
de los Ramones, chaval. —School’s out forever —sigue Teddy a pesar de las protestas. —Teddy el Optimista —comento. Mamá ríe y deposita un plato de crepes un poco chamuscados sobre la mesa de la cocina. —A desayunar, familia.
8:17
Subimos al coche, un Buick herrumbroso que ya era viejo cuando nos lo dio la abuela al nacer Teddy. Mis padres me preguntan si quiero conducir. No quiero. Papá se sienta al volante. Ahora le gusta
conducir. Se había negado tercamente a sacarse el carnet durante años, e insistía en ir en bicicleta a
todas partes. Cuando tocaba en la banda, su negativa a conducir obligaba a los demás a turnarse al
volante, algo que les exasperaba. Mamá era más insistente. Le daba la lata, trataba de engatusarlo y a
veces le gritaba que obtuviera el permiso de una vez, pero él se obstinaba en que prefería pedalear.
«Entonces ponte a fabricar una bicicleta en la que quepamos los tres y no nos mojemos cuando
llueva», le exigía ella. Y él siempre se reía y aseguraba que lo haría.
Pero cuando mamá se quedó embarazada de Teddy, se plantó y dijo basta. Papá pareció
comprender que algo había cambiado. Dejó de discutir y se sacó el carnet. También volvió a estudiar
para obtener el título de profesor. Supongo que no pasaba nada por seguir siendo inmaduro con un
hijo, pero con dos había llegado la hora de convertirse en adulto, la hora de ponerse pajarita.
También la lleva esta mañana, a conjunto con una chaqueta jaspeada y zapatos vintage con
puntera. —Ya veo que te has vestido para la nieve —le digo. —Soy como el correo del zar —replica, rascando el hielo del coche con unos de los dinosaurios
de plástico que Teddy suele dejar esparcidos por el césped—. Ni la lluvia, ni la cellisca ni un
centímetro de nieve me obligarán a vestirme como un leñador. —Oye, que yo vengo de una familia de leñadores —le advierte mi madre—. Nada de burlarse de
los blancos pobres de este país. —Nada más lejos de mi intención, milady. Sólo me refería a un contraste de estilos.
Papá tiene que darle al contacto varias veces para que el coche arranque por fin con un ruido
ahogado. A continuación se produce la habitual batalla por el dominio de la radio. Mamá quiere la
emisora NPR. Papá prefiere Frank Sinatra. Teddy exige Bob Esponja. Y yo querría la emisora de
música clásica, pero, siendo la única aficionada a los clásicos en la familia, estoy dispuesta a
conformarme con los Shooting Star.
Papá interviene. —Dado que hoy todos nos estamos saltando las clases, deberíamos escuchar las noticias si no
queremos sufrir de ignorantitis…
—Ignorantemia —lo corrige mamá, burlona.
Él pone los ojos en blanco, le aprieta la mano y carraspea de esa forma tan profesoril. —Como decía, primero la NPR, y luego de las noticias, la emisora clásica. Teddy, no vamos a
torturarte con eso, puedes ponerte un CD —decide, y desconecta el reproductor de CD portátil que
tiene acoplado a la radio—. Pero cuidado: Alice Cooper no está permitido en mi coche. —Mete la
mano en la guantera y revuelve el interior—. ¿Qué tal Jonathan Richman? —Quiero Bob Esponja. ¡Mira, ya está puesto! —grita Teddy, dando botes y señalando el
portátil. Por lo visto, los crepes con trocitos de chocolate y sirope han disparado su hiperactividad. —Hijo, me decepcionas —bromea papá. Tanto Teddy como yo nos hemos criado con las
tontorronas melodías de Jonathan Richman, el santo patrón musical de mis padres.
Una vez hecha la selección de la banda sonora, nos ponemos en marcha. Hay algo de nieve en lacarretera, pero en su mayor parte sólo está mojada. Claro que esto es Oregón y aquí las carreteras
siempre están mojadas. Mamá solía bromear con que es peor una carretera seca: «Los conductores se
ponen chulos, olvidan toda precaución y empiezan a conducir como idiotas. Los polis hacen su
agosto endosando multas por exceso de velocidad».
Apoyo la cabeza en la ventanilla y contemplo el paisaje que pasa, un retablo de abetos verde
oscuro salpicados de nieve, finos jirones de niebla blanca y pesados nubarrones en el cielo. El interior
del coche está tan caldeado que las ventanillas se empañan. Dibujo garabatos con el dedo.
Cuando termina el boletín de noticias, sintonizamos la emisora de música clásica. Escucho los
primeros compases de la Sonata para violonchelo n.º 3 de Beethoven, precisamente la obra que iba a
practicar esta tarde. Parece una especie de coincidencia cósmica. Me concentro en las notas,
imaginando que las toco, agradecida por la oportunidad de practicar mentalmente, feliz de ir calentita
en un coche con mi sonata y mi familia. Cierro los ojos.
Uno no espera que la radio funcione después. Pero funciona.
El coche ha quedado destripado. El impacto de un camión de cuatro toneladas que circula a cien
kilómetros por hora y se estrella contra el lado del acompañante tiene la fuerza de una bomba
atómica. Arranca las puertas de cuajo y el asiento del pasajero atraviesa la ventanilla del conductor.
Lanza el chasis dando tumbos por la carretera y el motor se desgarra como si fuese una telaraña. Manda las ruedas y los tapacubos al interior del bosque. E incendia fragmentos del depósito de
gasolina, así que ahora hay unas llamas diminutas lamiendo la carretera mojada.
Además, produce un ruido de mil demonios. Toda una sinfonía al triturar, un coro al reventar, un
aria al explotar y, finalmente, el triste aplauso de trozos metálicos impactando contra los árboles.
Después todo queda en silencio excepto la Sonata para violonchelo n.º 3, que sigue sonando. No se
sabe cómo, la radio del coche aún funciona, así que Beethoven se escucha en la que antes era una
tranquila mañana de febrero.
Al principio creo que no ha pasado nada demasiado grave. Todavía oigo a Beethoven. Y estoy de
pie en la cuneta, junto a la carretera. Cuando me miro, la falda tejana, la chaqueta de punto y las botas
negras que me puse por la mañana están igual que cuando salimos de casa.
Trepo por el terraplén para ver mejor el coche. Ni siquiera es ya un automóvil, sino un esqueleto
metálico sin asientos y sin pasajeros. Lo que significa que el resto de mi familia tiene que haber salido
despedida igual que yo. Me limpio las manos en la falda y camino por la carretera en su busca.
Primero veo a papá. Desde varios metros de distancia distingo el bulto de la pipa en el bolsillo de
su chaqueta. «¡Papá!», grito. A su alrededor el asfalto está pegajoso y encuentro trozos grises que
parecen de una coliflor. Sé lo que estoy viendo, pero en principio no consigo relacionarlo con mi
padre. Lo que me viene a la mente son esas noticias sobre tornados e incendios, cuando explican que
han destrozado una casa pero han dejado intacta la de al lado. En el asfalto hay trozos del cerebro de
mi padre. Pero su pipa sigue en el bolsillo superior izquierdo.
A continuación encuentro a mamá. Casi no se ve sangre, pero ya tiene los labios azulados y el
blanco de sus ojos está completamente rojo, como un demonio de una película de terror de serie B.
Parece absolutamente irreal. Y es al verla convertida en una ridícula zombi cuando me recorre una
oleada de pánico.«¡Teddy! ¡Tengo que encontrarlo! ¿Dónde está?». Giro en redondo con súbito frenesí, como la
vez que lo perdí de vista durante diez minutos en la tienda de comestibles. Llegué a convencerme de
que lo habían secuestrado, pero sólo se había alejado para inspeccionar la sección de chucherías.
Cuando lo encontré, no sabía si darle un abrazo o regañarlo.
Vuelvo corriendo a la cuneta de la que he salido y veo que asoma una mano. «¡Teddy! ¡Estoy
aquí! —le grito—. Alarga la mano y te sacaré». Pero cuando me acerco más, veo el destello metálico
de una pulsera de plata de la que cuelgan un chelo y una guitarra diminutos. Me la regaló Adam
cuando cumplí los diecisiete. Es mi pulsera. La llevaba esta mañana. Me miro la muñeca. Sigo
llevándola. Me aproximo y compruebo que no es Teddy quien yace en la cuneta. Soy yo. La sangre del
pecho me ha empapado la camisa, la falda y la chaqueta de punto, y ha teñido la nieve con gotas que
parecen de pintura. Tengo una pierna retorcida y desgarrada, con el hueso a la vista. Tengo los ojos
cerrados y el pelo castaño oscuro ensangrentado. Me doy la vuelta. Algo falla. Esto no puede estar ocurriendo. Somos una familia que ha salido en
coche. Esto no es real. Debo de haberme quedado dormida. «¡No! Basta. Por favor, basta. ¡Despierta,
por favor!», grito al aire helado. Mi aliento debería formar vaho, pero no lo hace. Me miro la muñeca,
que está como siempre, sin heridas ni restos de sangre, y me pellizco con fuerza.
No siento nada.
No es la primera vez que sufro una pesadilla. He soñado que me caía a un abismo, que tocaba en
un recital sin saberme la partitura o que rompía con Adam, pero siempre he logrado abrir los ojos en
el último momento, levantar la cabeza de la almohada y detener la película de terror que se
desarrollaba tras mis párpados. Lo intento de nuevo. «¡Despierta! —chillo—. ¡Despierta!
¡Despierta, despierta, despierta!». Pero no despierto.
Entonces oigo algo. La música. Aún oigo la música, así que me concentro en ella. Toco las notas
de la Sonata para violonchelo n.º 3 con los dedos, como suelo hacer cuando escucho las obras que
estoy practicando. Adam lo llama air chelo. Siempre me dice que un día tenemos que tocar a dúo, él
air guitar y yo air chelo. «Al acabar, podemos romper los instrumentos como los Who. Sé que te
molaría», bromea.
Sigo concentrada en tocar en el aire, hasta que el coche exhala su último aliento y la música se apaga con él.
No pasa mucho rato hasta que se oyen las sirenas.
9:23
«¿Estoy muerta?».
Tengo que preguntármelo.
«¿Estoy muerta?».
Al principio parecía obvio que estar allí de pie, viéndolo todo, era sólo temporal, un interludio
antes de la luz blanca y la vida entera pasando por delante de los ojos en un instante mientras me
dirigía allá donde tuviera que ir.
Pero ya han llegado los sanitarios, además de la policía y los bomberos. Alguien ha cubierto a mi
padre con una sábana y un bombero está cerrando la bolsa de plástico en que han metido a mamá.
Habla de ella con otro bombero, que no aparenta más de dieciocho años. El mayor le explica al novato
que seguramente mi madre fue la primera en recibir el golpe y que murió en el acto, lo que justifica la
ausencia de sangre. —Parada cardíaca instantánea —dice—. Cuando el corazón no late, no hay hemorragia. Te vas
desangrando poco a poco.
No quiero pensar en eso, en mamá desangrándose poco a poco, así que reflexiono en cuán
adecuado resulta que fuera la primera en recibir el golpe, amortiguándolo para nosotros. No ha sido
elección suya, obviamente, pero la cuestión es que así era ella.
Pero ¿estoy muerta? Mi cuerpo tendido en el borde de la carretera, con una pierna colgando en la
cuneta, está rodeado por varios hombres y mujeres que se afanan frenéticamente y me inyectan no sé
qué. Estoy medio desnuda, los sanitarios me han rasgado la camisa. Tengo un pecho al aire. Aparto la
vista por vergüenza.
La policía ha colocado balizas luminosas a lo largo del perímetro del accidente. A los coches que
llegan les indican que den media vuelta, la carretera está cerrada. Los agentes sugieren rutas
alternativas, carreteras secundarias que llevarán a los automovilistas a sus destinos.
No obstante, muchos coches aparcan cerca. Sus ocupantes se apean, rodeándose el cuerpo con
los brazos por el frío. Observan la escena del accidente. Luego apartan la mirada, algunos sollozando.
Una mujer vomita entre los helechos de la cuneta. Y aunque no saben quiénes somos ni lo que ha
ocurrido, rezan por nosotros. Percibo que rezan.
Esto también me hace pensar que estoy muerta. Esto, y el hecho de que mi cuerpo parece
completamente inerte. Además, al mirarme la pierna pelada hasta el hueso por la fricción del asfalto,
sé que debería experimentar unos dolores atroces. Tampoco lloro, a pesar de que a mi familia acaba
de ocurrirle algo inimaginable. Somos como el huevo Humpty Dumpty del acertijo infantil, y ni
todos los caballos y hombres del rey juntos podrán recomponernos. Mientras medito todo esto, la sanitaria pelirroja y pecosa que ha estado asistiéndome responde a
mi pregunta. —Ocho en la escala de coma. ¡Hay que intubarla ya! —grita.
Ella y el sanitario de mandíbula cuadrada me meten un tubo por la garganta, le acoplan una bolsa
con una pera de goma y empiezan a bombear aire. —¿Cuánto tardará el helicóptero? —Diez minutos —responde el sanitario—. Y veinte para regresar a la ciudad. —Pues vamos a llevarla nosotros en quince minutos aunque tengas que correr como uncondenado.
Intuyo lo que el tipo piensa: que no me hará ningún bien que la ambulancia sufra un accidente, y
estoy de acuerdo con él. Pero no dice nada, se limita a apretar la mandíbula. Me meten en la
ambulancia y la pelirroja sube atrás conmigo. Sigue bombeándome aire con una mano, mientras con la
otra ajusta el suero y los monitores. Luego me aparta un mechón de la frente. —Aguanta —me dice.
Di mi primer recital cuando tenía diez años. Por entonces llevaba dos cursos estudiando chelo. Al
principio sólo en el colegio, como parte de la asignatura de Música. Fue pura chiripa que tuvieran un
violonchelo, un instrumento muy caro y frágil. Un profesor universitario de Literatura fallecido había
legado su Hamburg a nuestra escuela, donde pasaba la mayor parte del tiempo olvidado en un rincón.
Casi todos mis compañeros preferían aprender guitarra o saxofón.
Cuando anuncié a mis padres que iba a ser violonchelista, les entró un ataque de risa. Más tarde
se disculparon, asegurándome que había sido la imagen de un instrumento tan voluminoso entre mis
piernas larguiruchas lo que había provocado sus carcajadas. En cuanto comprendieron que la cosa iba
en serio, se tragaron la risa tonta y adoptaron una actitud de apoyo.
Sin embargo, su reacción aún seguía escociéndome de un modo que nunca les había confesado; de
haberlo hecho, no estoy segura de que lo hubieran comprendido. Papá muchas veces bromeaba con
que les habían cambiado el bebé en el hospital, porque no me parecía al resto de la familia. Todos son
altos y rubios, mientras que yo soy como su negativo, de cabello castaño y ojos oscuros. A medida
que fui creciendo, la broma de papá adquirió mayor relevancia de la que él mismo pretendía. A veces
me sentía realmente como si procediera de otra tribu. No me parecía en nada a mi padre, irónico y
extrovertido, ni tenía la fortaleza de mi madre. Y para rematar la cosa, en lugar de aprender a tocar la
guitarra eléctrica, voy y me decido por el violonchelo.
De todas formas, en mi familia tocar un instrumento es más importante que la clase de música
que elijas, así que, cuando al cabo de unos meses resultó claro que mi afición por el chelo no era un
capricho pasajero, mis padres alquilaron uno para que practicara en casa. Las escalas y tríadas
quejumbrosas condujeron a unos primeros intentos con Twinkle, Twinkle, Little Star, que después
dieron paso a los estudios básicos, hasta que empecé a interpretar suites de Bach. En mi colegio, la
asignatura de Música no era gran cosa, así que mamá me buscó un profesor particular, un
universitario que venía a casa una vez a la semana. A lo largo de los años tuve varios profesores
particulares que luego, cuando mis dotes superaban las suyas, tocaban conmigo.
Seguí así hasta el noveno curso. Entonces papá, que conocía a la profesora Christie de su época
en la tienda de música, le preguntó si podría darme clases. Ella aceptó escucharme, sin esperar gran
cosa de mí, sólo como un favor a mi padre, según ella misma me contó después. Los dos me
escucharon desde abajo mientras yo practicaba una sonata de Vivaldi en mi cuarto. Cuando bajé para
cenar, se ofreció a encargarse de mi educación musical.
Sin embargo, mi primer recital lo di unos años antes de conocerla. Fue en un local de la ciudad, un
lugar donde solían actuar bandas de rock, así que la acústica era terrible para la música clásica sin
amplificación. Toqué un solo de violonchelo de la Danza del Hada Pan de Azúcar de Chaikovski. Mientras esperaba mi turno entre bambalinas y escuchaba a los demás niños aporreando el pianoo arrancando maullidos al violín, estuve a punto de largarme. Me escabullí por la puerta del escenario
y me quedé en los escalones de entrada, hiperventilando con la cara entre las manos. A mi profesora
le dio un pequeño ataque de pánico y mandó a todo el mundo a buscarme.
Fue papá quien me encontró. Por entonces estaba iniciando su conversión de tío enrollado a tipo
convencional, así que llevaba un traje de estilo clásico, con cinturón de piel tachonado y botas negras
de caña baja. —¿Estás bien, Miau Miau? —me preguntó, sentándose a mi lado en los escalones.
Sacudí la cabeza, demasiado avergonzada para responder. —¿Qué te pasa? —¡Pues que no puedo hacerlo! —chillé al fin.
Él arqueó una de sus pobladas cejas y me miró con sus ojos azul grisáceo. Me sentí como un
espécimen desconocido sometido a análisis. Él había tocado en muchas bandas. Obviamente, nunca
había experimentado algo tan banal como el miedo escénico. —Pues es una lástima, la verdad —dijo—. Iba a darte un regalo chulo después del recital. Algo
mejor que unas flores. —Dáselo a otra persona. No puedo hacerlo. Yo no soy como tú, mamá o Teddy. —Mi hermano
tenía sólo seis meses en aquella época, pero ya había dejado claro que poseía más personalidad y
energía de las que tendría yo en toda mi vida. Por supuesto, era rubio y de ojos azules. Además, no
había nacido en un hospital, sino en una clínica privada, de modo que no cabía la posibilidad de un
cambiazo accidental. —Es cierto —convino papá—. Cuando Teddy dio su primer recital de arpa estaba de lo más
pancho. Es todo un prodigio, ya lo creo.
Reí entre las lágrimas. Él me rodeó los hombros cariñosamente. —¿Sabes?, a mí me entraba mieditis antes de cada concierto.
Lo miré. Papá siempre parecía absolutamente seguro de todo. —Sólo lo dices para animarme. —No, en serio —afirmó, asintiendo con la cabeza—. Me entraban unos nervios espantosos. Y
eso que era el batería y actuaba al fondo del escenario. El público ni siquiera se fijaba en mí. —¿Y qué hacías? —Se achispaba de lo lindo —intervino mamá, asomando la cabeza por la puerta del escenario.
Llevaba una minifalda negra de vinilo, una camiseta roja de tirantes y a Teddy babeando alegremente
en su mochila portabebés—. Un par de litronas antes del concierto. Una terapia que no te
recomiendo. —Tu madre tiene razón. Los servicios sociales no celebran que los chavales de diez años beban.
Además, cuando se me caían las baquetas y vomitaba en el escenario, la gente lo consideraba un
detalle punk. Pero a ti te censurarán sin piedad si se te cae el arco y hueles a cerveza. Los de la
música clásica sois así de tiquismiquis. Me reí. Seguía asustada, pero me reconfortaba pensar que quizá el miedo escénico lo había
heredado de papá; después de todo, yo no era una niña expósita. —¿Y si meto la pata? ¿Y si lo hago rematadamente mal? —Puede que esto te sorprenda, Mia, pero ahí hay muchos chicos que van a hacerlo fatal así que no van a fijarse precisamente en ti —aseguró mamá. Teddy lo corroboró con un chillido.
—Pero, en serio, ¿cómo se hace para dominar los nervios?
Papá sonreía, pero noté que se había puesto serio porque contestó en tono más pausado. —No se hace nada. Simplemente te aguantas y al final se pasan.
Y así fue como salí a escena. Mi ejecución no fue brillante. No alcancé la gloria ni obtuve una
ovación, pero tampoco me salió mal del todo. Y después del recital recibí el regalo prometido. Estaba
en el coche, en el asiento del acompañante, y tenía un aspecto tan humano como aquel primer chelo
por el que me había sentido atraída dos años antes. Y no era de alquiler. Era mío.
Ya hemos terminado con la parte 1 de si decido quedarme este excelente libro y ya saben compartan con su amigos sobre jitocas adios... :)